Este es el deber de nuestra generación al entrar en el siglo XXI: la solidaridad con los débiles, los perseguidos, los abandonados, los enfermos y los desesperados. Esto expresado por el deseo de dar un sentido noble y humanizador a una comunidad en la que todos los miembros se definan a sí mismos, no por su propia identidad, sino por la de los demás.Cada día miles de niños pasan gran parte de su tiempo en las aguas contaminadas de los ríos que cruzan los países más pobres del planeta. Muchos de ellos hunden sus pies en el barroso fondo para buscar metales preciosos que luego canjean por unas pocas monedas.

Otros, en cambio, se zambullen para acercarse a los cruceros que, cargados de turistas, navegan esos ríos llenos de historia y miseria. Las barandas de los barcos marcan la distinta suerte corrida por unos y otros: mientras a los que están a bordo el final del día les espera con reparadoras pompas de jabón, los niños continuarán en sus pompas de agua, a las que indefectiblemente están condenados.

Si a estos pequeños el presente se les presenta sombrío, el futuro asoma todavía más desalentador. La Tierra se enfrenta en este comienzo del siglo veintiuno con una grave crisis del agua. La verdadera tragedia de esta crisis es su efecto sobre la vida cotidiana de las poblaciones pobres que sufren el peso de las enfermedades relacionadas con el agua, viviendo en entornos degradados y a menudo peligrosos, luchando por ganarse la vida y por solventar sus necesidades básicas de alimentación.

El origen de la crisis no hay que rastrearlo en la propia naturaleza, sino en la gestión de los recursos hídricos, esencialmente causada por la utilización de métodos inadecuados. Únicamente el 2,53% del total de agua existente en el planeta es dulce y el resto es salada. Aproximadamente las dos terceras partes del agua dulce se encuentran inmovilizadas en glaciares y al abrigo de nieves perpetuas.

Por otra parte, los recursos de agua dulce se ven reducidos por la contaminación. Unos dos millones de toneladas de desechos son arrojados diariamente en aguas receptoras, incluyendo residuos industriales y químicos, vertidos humanos y desechos agrícolas (fertilizantes, pesticidas y residuos de pesticidas).

Como siempre, las poblaciones más pobres resultan las más afectadas, con un 50% de la población de los países en desarrollo expuesta a fuentes de agua contaminadas.

Asimismo, las estimaciones más recientes sugieren que el cambio climático será responsable del alrededor del 20% del incremento de la escasez global del agua. Al respecto se considera que de aquí al año 2050, siete mil millones de seres humanos que vivirán en sesenta países, padecerán graves penurias de agua.